
Hace un par de semanas, la Alcaldía de Cartagena anunció el inicio de las obras del Nuevo Chambacú. Se trata de un complejo deportivo ubicado en las puertas de la ciudad amurallada y que contará con canchas de fútbol, baloncesto y voleibol, además de pistas para running, cicloparqueaderos, un skate park, parques infantiles, zonas de baños públicos, camerinos y amenidades para turistas y locales. El complejo, cuyo costo asciende a $47 mil millones de pesos, es uno de los proyectos más importantes del gobierno del alcalde Dumek Turbay Paz.
En ese mismo lugar, donde hoy se levanta una valla institucional que promete hacer del completo deportivo un espacio de “integración y felicidad para los cartageneros”, estuvo el barrio Chambacú, un asentamiento informal que existió entre los años 20 e inicios de los 70. Fue el hogar de cientos de familias empobrecidas que provenían de otros barrios y corregimientos de la ciudad. Eran, en su gran mayoría, personas afrodescendientes. Hasta inicios del siglo pasado aquel sitio era una isla rodeada de mangles que alguna vez había pertenecido a Soledad Román, la esposa del presidente Rafael Núñez, y que ella cedió al cochero de la familia en reconocimiento por los servicios prestados. La posesión del terreno pasó por varias manos hasta que fue adquirido por el Municipio en los años 30 y cedido de hecho a las familias que carecían de una vivienda para que ellas mismas se construyeran un techo. Para mediados de los años 50 el barrio contaba con cerca de ocho mil habitantes que vivían sin servicios públicos, escuelas u hospitales. Allí estuvieron hasta que el Instituto de Crédito Territorial y la Alcaldía de Cartagena los reubicaron en urbanizaciones en la periferia de la ciudad en 1971.

La historia de Chambacú, no obstante, no inició en el siglo XX. Durante la colonia era el sitio donde libres, personas esclavizadas y miembros de las naciones africanas que vivían en la plaza fuerte se reunían para cantar y bailar al son de los tambores. Se dice que hombres y mujeres esclavizadas se fugaron a través de la espesura de sus manglares para irse a buscar refugio en los palenques de la Sierra de María y el Canal del Dique.
A lo largo de su historia contemporánea Chambacú adquirió otros significados. Tras la remoción del barrio en 1971, el área donde alguna vez vivieron cientos de familias empobrecidas se convirtió en el depósito de imaginarios y proyectos para la ciudad del futuro. Durante años dirigentes, empresarios y ciudadanos en general debatieron sobre cuál debía ser el destino de ese territorio aparentemente virgen a las puertas de la ciudad amurallada. Inclusive, antes de que las familias de Chambacú fueran reubicadas, los dirigentes proponían la construcción de un Centro Turístico Internacional, un complejo de edificios de altura que incluiría oficinas, hoteles, comercio y un centro de convenciones. También se propuso la construcción de un barrio de clase media, una concentración escolar y en un centro recreacional con parques y canchas deportivas. Las propuestas se fueron diluyendo con los años y todo quedó en nada. A inicios de los años 90, una fracción del terreno pasó a manos particulares en un esquema que muchos calificaron de fraudulento y que involucró a miembros de la élite local y nacional, incluyendo un exalcalde, un ministro y un expresidente. El suceso, que fue conocido como el “Escándalo de Chambacú”, terminó en una investigación judicial que nunca prosperó. En esa fracción de terreno se construyó a finales de los años 90 un edificio de oficinas que, junto a una pequeña estación de policía, fueron los únicos inquilinos de un lugar que algunos imaginaron como la ciudad del futuro.

Para inicios del nuevo siglo Chambacú se había convertido en un sinónimo de corrupción. La historia del barrio y de los miles de personas que lo forjaron se perdió en los recovecos de la memoria colectiva local. Borrado de las páginas de la historia oficial, su recuerdo sobrevivía apenas en las páginas de “Chambacú, corral de negros”, una novela de Manuel Zapata Olivella, o en la canción “Chambacú”, interpretada por Totó la Momposina. La remoción física del barrio y la labor de la historiografía tradicional de la ciudad, más preocupada por las historias de conquistadores, piratas y próceres, silenciaron la memoria negra de Chambacú y también excluyeron de los anales de la historia uno de los episodios más importantes de su evolución urbanística.
¿Hasta qué punto la construcción del Nuevo Chambacú de la alcaldía Dumek Turbay Paz terminará cimentado el ocaso de la memoria negra de este lugar? ¿El complejo deportivo terminará sepultando entre concreto y grama la memoria de los hombres y mujeres afrodescendientes que resistieron a la pobreza y el racismo durante varias décadas del siglo XX? Se sabe que el proyecto contempla la construcción de “monumentos a personajes ilustres”. ¿Quienes seleccionarán a los personajes ilustres que serán inmortalizados en bronce, mármol o cemento en el Nuevo Chambacú? ¿Habrá lugar para las personas negras que contribuyeron a forjar la historia de la ciudad y que hoy están marginadas de la red monumentaria del centro de la ciudad, casi dedicada exclusivamente a hombres blancos de la élite?

Los intelectuales negros del siglo pasado, conscientes de la centralidad de Chambacú en el imaginario socio-espacial, así como del silenciamiento de la memoria negra, propusieron la construcción de monumentos alusivos a la historia de los afrodescendientes en la ciudad. En 1974, el escritor, médico y diplomático Juan Zapata Olivella propuso en una columna de prensa elevar un monumento a Benkos Biohó “en las nuevas estructuras deportivas de Chambacú […] que conlleve un reconocimiento a la raza negra traída a la fuerza del continente africano”.
La selección de los monumentos no debe hacerse a puerta cerrada. Debe ser resultado de una convocatoria amplia que reconozca los distintos relatos y propuestas estéticas que coexisten en Cartagena. Inclusive, en un acto de justicia a favor de los miles de hombres y mujeres que alguna vez fueron desalojados de Chambacú bajo la promesa de una mejor vida (promesa que quedó en el tintero), se debería convocar a los supervivientes del traslado y a sus descendientes para que participen de la selección. Parafraseando la canción interpretada por Totó la Momposina, que sea Chambacú quien escriba su propia historia.