la historia de vida de cristina

Transcurría 1956 cuando Cristina llegó a Bogotá para continuar con sus estudios. Apenas tenía 12 años. Era la hija de una familia acomodada de Lorica. Lo único que sabía de Bogotá es que era la capital del país, que era fría, que estaba llena de cachacos y que quedaba lejos. Su viaje desde su pueblo natal fue una auténtica odisea. Primero, tomó un barco en el muelle sobre el río Sinú. Ella, que iba acompañada de su padre, viajó a bordo del «Damasco», un barco de propiedad de un inmigrante sirio. Era modesto pero cómodo. Tenía camarotes y no permitía el ingreso de animales.

Salieron en el barco de las 4 pm y llegaron a Cartagena a las 7 am del día siguiente. Se fueron por carretera hasta Magangué y luego tomaron un barco a vapor para remontar el río Magdalena hasta el puerto de Honda. Allí tomaron el tren que los a llevaría Bogotá. «Yo odiaba esa ciudad», recuerda Cristina. «Gris, fría, distante, conservadora […]». Su padre la dejó en un internado para que hiciera el bachillerato. Él, que había crecido en el seno de un hogar campesino sin contar con mayor educación, se empeñó en que su hija se educara, aunque los códigos de la época dictaran que las niñas no necesitaban educarse para servir al propósito de convertirse en esposas y madres.

Con los años se acostumbró a la vida en Bogotá. «Ya nada me asombraba, ni los cafés, ni los carros, ni los tranvías, ni los buses. Ya todo eso hacía parte de mí», decía. Tras sobrevivir al internado, que ella recuerda como una cárcel, Cristina terminó el bachillerato. En 1962, regresó a Lorica para ser presentada en sociedad en uno de los clubes del pueblo, como era costumbre entre las familias acomodadas. Pero ella quería seguir estudiando. No sabía qué, ni dónde. Hasta que un día, hojeando el periódico, encontró una noticia que resultó siendo una revelación.

Se trataba de una noticia sobre Miguel Ghisays Ganem, un psiquiatra formado en la Universidad de Cartagena, que se había especializado en Europa y que había regresado al país para poner en práctica los conocimientos más novedosos en psicoanálisis y psicología. Cristina nunca había escuchado esas dos palabras. Pero sabía que le interesaba la mente y que no quería ser ni médica, ni abogada. Envió telegramas a universidades en Cartagena y Barranquilla preguntando si podía estudiar eso que llamaban psicología. En ninguna de las dos ciudades había esa carrera.

Finalmente, una institución en Bogotá le dio respuesta a uno de sus tantos telegramas. Fue así cómo terminó de vuelta en aquella ciudad que había odiado con fervor hasta volverla parte de sí misma. Esta es la historia de Cristina Polo Díaz, una de las primeras mujeres en estudiar Psicología en la Pontificia Universidad Javeriana. Hoy, a sus 81 años, está retirada y vive al lado de su familia. Cristina, que todavía goza de una memoria prodigiosa, le confió sus recuerdos a su nieto, Manuel Núñez, quien reconstruyó su historia de vida como parte de nuestro curso de Historia Latinoamericana en el siglo XX.

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