caminos para una educación accesible y de calidad: reflexiones a propósito del debate sobre colfuturo

Claustro de San Agustín de la Universidad de Cartagena

En los últimos días ha habido un intenso debate sobre la decisión del gobierno de Gustavo Petro de restarle financiación al programa de Colfuturo, una iniciativa privada que concedía becas-créditos condonables para estudios de maestría y doctorado. Este programa ha otorgado más de 17 mil apoyos a colombianos y colombianas. Sin embargo, el gobierno decidió no seguir aportando recursos públicos a este programa porque tenía un esquema que favorecía desproporcionadamente a los estratos 4, 5 y 6. Cerca del 70% de los apoyos otorgados iba a parar a este segmento de la población. Sabemos que la clasificación por estrato no necesariamente es representativa de la realidad socioeconómica de la población, pero podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que este programa favorecía, fundamentalmente, a aspirantes de clase media y alta y que, por demás, provenían mayoritariamente del interior del país. El director de Colfuturo, Jerónimo Castro, decía que en “la selección de los beneficiarios no miramos el estrato”. Cosa que debieron haber hecho, porque así se habrían dado cuenta de que sus procesos de selección tienen un sesgo de clase no implícito que favorece unos sectores por encima de otros. Y disponer de recursos públicos para financiar un esquema tan sesgado es, por decir lo menos, irresponsable.

Ya dicho esto, tiene sentido que el gobierno esté reconsiderando su apoyo a Colfuturo, dado que no se ajusta a sus líneas programáticas de favorecimientos de sectores sociales históricamente desfavorecidos. El gobierno dice que va a reorientar dichos recursos a los programas de becas que ofrece Minciencias que ofrece apoyos económicos (no créditos), por un monto superior al que ofrecía Colfuturo, que brinda apoyos para el desarrollo de la propuesta de investigación, cosa fundamental en los estudios doctorales, y que concentra el 96% de los apoyos en los estratos 1, 2 y 3. Hasta ahí todo bien. Sin embargo, también hay que leer la letra menuda. Los apoyos económicos que brinda Minciencias son, casi exclusivamente, para cursar estudios en Colombia. Esto, naturalmente, ha permitido ampliar la base de beneficiarios, ya que resultaba costoso financiar estudios de posgrado en el extranjero debido a la tasa de cambio desfavorable del peso colombiano. Recordemos que, hasta hace algunos años, los beneficiarios del entonces Colciencias que cursaban estudios fuera del país pasaban penurias para sostenerse, debido a que los aportes en pesos eran insuficientes para vivir en el extranjero. Por otro lado, estas becas que hoy ofrece Minciencias se han convertido en una tabla de salvación para muchos programas de posgrado en el país que solo alcanzan el punto de equilibrio con los estudiantes becados por la entidad. Yo he enseñado en programas con cohortes de solo dos estudiantes, ambos becados, porque, debido al alto costo de la matrícula, no hay estudiantes que puedan costear sus estudios por cuenta propia. Hay que señalar que estos posgrados dependen de estas matrículas para su operación, dado que están obligados a autofinanciarse.

Desde la lógica de la agenda programática del gobierno, tiene sentido apostar a un modelo propio de financiación de becas de posgrado, basado en un criterio de accesibilidad o de priorización de la oferta académica del país. Pero esto nos plantea otro problema. El gobierno no puede desestimar la importancia de la formación de capital humano en el extranjero, lo cual es fundamental para el intercambio de conocimientos, más aún en un contexto marcado por el auge de las nuevas tecnologías de la información. Esto es sumamente necesario. El país se enriquece de los y las jóvenes que se forman en el extranjero y luego regresan para poner en práctica lo aprendido y complementar los procesos de generación de nuevo conocimiento que llevábamos a cabo en las instituciones nacionales.

Por supuesto, esto supone un esfuerzo económico importante. Pero también hay otros caminos. El Ministerio de Relaciones Exteriores, por ejemplo, ha hecho un buen trabajo al dar a conocer ofertas de becas en el extranjero para colombianos y colombianas. Pero para garantizar que nuestros estudiantes puedan beneficiarse de estas ofertas, hay que trabajar en el fortalecimiento de sus capacidades blandas y duras. Las capacidades blandas son habilidades interpersonales y emocionales, mientras que las duras son conocimientos técnicos y específicos. Ambas son esenciales para el desarrollo profesional. Las capacidades blandas incluyen habilidades como comunicación efectiva, trabajo en equipo, resolución de problemas, adaptabilidad y el liderazgo. Las duras incluyen otras el manejo de software, idiomas, análisis de datos, etc. Y es la disposición de estas habilidades la que a veces limita el acceso a oportunidades de becas en el extranjero y, sospecho, eran las que permitían que los créditos-beca de Colfuturo se concentraran en la clase media y alta. No es que los estudiantes de los estratos 1, 2 y 3 carezcan por completo de estas habilidades. Solo que, en contextos de desigualdad, les resulta mucho más difícil consolidarlas. El gobierno debe, entonces, ahondar en los esfuerzos para potencializar las capacidades de los estudiantes más desfavorecidos, que cuentan con récords académicos que no tienen nada que envidiarles a los estudiantes de los estratos más altos, pero que a veces no han logrado madurar las habilidades necesarias para competir en los programas de selección de becas y créditos, ya sea en Colombia o en el extranjero.

Acá tengo que hablarles de mi experiencia personal. Yo me formé en una universidad pública del país. Cursé mis estudios de posgrado en Estados Unidos. No conté con ninguna beca. No había mayores opciones en ese entonces, aunque ya existían las becas-crédito de Colfuturo, con sus sabidas limitaciones y sesgos. Yo crecí en un barrio de estrato 2; fui el primer profesional de mi familia y sobra decir que en casa no había recursos para costearme estudios de posgrado, ni en Colombia ni, mucho menos, en el extranjero. Por lo tanto, apliqué directamente a mi alma máter en Estados Unidos. Fui admitido y se me ofreció un “assistanship”, un esquema en el que al estudiante se le exime del pago de la matrícula y se le concede un estipendio modesto a cambio de trabajar para la universidad. Desde luego, para ser admitido era necesario demostrar un dominio básico del idioma inglés, es decir, una de las capacidades blandas de las que ya les había hablado antes. Cuando terminé mis estudios de pregrado, mi nivel era insuficiente. Y si pude invertir tiempo y recursos en el estudio del inglés, fue gracias a un programa de Colciencias llamado “Jóvenes Investigadores e Innovadores”. Este programa financiaba una experiencia de investigación durante 12 meses. Y, entre sus objetivos, estaba adentrar a los egresados en el entorno de la investigación, además de potenciar sus habilidades duras y blandas. El programa aún existe, pero no tiene el alcance de hace unos años. Fue desmantelado durante el gobierno de Juan Manuel Santos y hoy tiene un sesgo epistémico que dificulta la posibilidad de aspirantes de las ciencias básicas y las humanidades. En fin, ¿A qué voy con esto? El gobierno puede apostar a este tipo de iniciativas de formación para los estudiantes más desfavorecidos, de modo que estas les faciliten la postulación a ofertas de becas de posgrado en Colombia y en el extranjero. Este tipo de iniciativas puede articularse con los esfuerzos de universidades públicas o privadas donde se concentre este segmento de la población.

El panorama de la educación superior actualmente es difícil. La reforma a la Ley 30 de 1992, que regula la educación superior, promete hacer justicia a los enormes esfuerzos que realizan las universidades para brindar una educación accesible y de calidad. Pero es necesario optimizar la gestión de los recursos para multiplicar sus efectos.

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