Cuba en el final de los viejos tiempos (2016)

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Nota: Visité Cuba en 2016. Aquellos eran otros tiempos. Los acercamientos entre el gobierno de Barack Obama y Raúl Castro advertían la posibilidad del restablecimiento de las relaciones diplomáticas y de la suspensión del bloqueo económico impuesto a Cuba desde hacía más de medio siglo. La esperanza reinaba en la isla. Nadie habría imaginado que, un año después, el primer gobierno de Donald Trump daría marcha atrás en estos esfuerzos e impondría restricciones aun más severas. Fidel Castro, quien ya se había alejado del poder, murió en noviembre de 2016. En 2020, la pandemia de COVID-19 le asestó un golpe definitivo al país, que intentaba mantenerse a flote con las divisas que le garantizaba el turismo internacional. Hoy el panorama es desolador. Recogí las impresiones de mi viaje en esta crónica que hoy pareciera no tener vigencia, pero que sirve como cruda advertencia de los giros impredecibles de la historia.

Al llegar al Aeropuerto José Martí de La Habana, la primera impresión es que se está en una terminal de buses en vez de en un aeropuerto internacional. El amarillo desgastado de los muros genera una sensación casi tan desoladora como la de la fila interminable para cambiar la moneda extranjera por el peso cubano convertible (por todos conocido como CUC), que es distinta de la moneda nacional, que se supone de uso exclusivo de los cubanos. La escena recuerda la imagen que todos tenemos de Cuba: un país hecho museo, que, debido a los azares de la historia y de un bloqueo económico (repetida e inútilmente denunciado por la comunidad internacional), se quedó estancado en 1959. Nada más lejos de la realidad. Una vez que se sale del aeropuerto para enfrentarse al calor abrasador de La Habana, uno se encuentra con una hilera de taxis de modelos recientes, puestos a disposición de los turistas más aventajados. Para los cubanos y los visitantes de recursos más bien modestos, como este servidor, aún quedan los viejos carros gringos de cualquier modelo anterior a 1959 y los Lada, unos diminutos carros importados de la Unión Soviética que compensan el tamaño con la velocidad y el consumo moderado de combustible. Cuba es, entonces, como el resto de América Latina, una sociedad de contrastes que parece estar dividida en dos (o quizás en muchas más partes): una realidad para los cubanos de a pie y la otra, la que se crea para recibir al visitante y brindarle una estadía cómoda, tanto como lo permita la austeridad de la economía nacional.

En Cuba, poco importa cuál sea el motivo de tu visita; siempre que seas extranjero, serás considerado turista, y un turista, tanto para los nacionales como para el gobierno, es fundamentalmente una fuente rica en divisas extranjeras. Y ambos harán lo que sea necesario para que dejes tanto como puedas en la isla. Cuando caminas por las calles de La Habana Vieja, los cubanos te abordan para preguntarte de dónde eres. La pregunta es tan solo la antesala para hacerte una invitación a que compres algo o para pedirte una colaboración generosa. Es un asunto de supervivencia. Las divisas extranjeras, ya sean en forma de remesas o a través del comercio, han ayudado a la economía nacional a superar los momentos más críticos, que desde el establecimiento del bloqueo económico por Estados Unidos en 1962 han sido muchos.

Para los cubanos de a pie, un par de dólares (o más bien, un par de CUC, porque la posesión de dólares les está formalmente prohibida) les puede resolver la semana. Aunque el régimen se enorgullece de haber erradicado el hambre del suelo cubano, los nacionales no la tienen fácil. El mercado subsidiado que el gobierno les asigna religiosamente cada mes y que debiera rendir hasta la próxima entrega suele agotarse a mitad de camino, dejándolos a su suerte. El salario mínimo es bajo, dado que se parte del supuesto de que el Estado ya les ha garantizado lo básico: salud, educación, alimentación y vivienda. Al menos, en teoría.

Lo que el Estado no cubre, el cubano lo consigue. Nada es más cubano que la capacidad de la gente para sobreponerse a las carencias. Que un Lada siga andando por las calles de La Habana solo puede ser obra de un dios misericordioso o del talento de los cubanos para alargar la vida útil de las cosas. Si hay algo que el gobierno no les garantiza, es el consumo de bienes y servicios distintos de los estrictamente básicos. Y los cubanos de hoy, aun ajenos a los rigores del sistema capitalista convencional, también desean consumir. Se aburren por la austeridad y la mesura en los gastos, y siempre que pueden se dan sus pequeños lujos: una pizza en el restaurante de la esquina o una cerveza extranjera (por lo general Heineken o Presidente, una cerveza dominicana) en un bar frecuentado por turistas. Un joven campesino que conocí en Pinar del Río, cuyo nombre no recuerdo, quizás porque nunca me lo dijo, o por la combinación desafortunada de mojitos y cerveza Presidente, me contaba orgullosamente de una aventura de un fin de semana en La Habana en la que gastó más de 200 CUC, una pequeña fortuna para cualquier cubano. Decía tener una novia española que le mandaba sus euros con regularidad para mantenerlo contento. Él animaba su historia diciendo: «El campo te estanca», aludiendo a sus ansias de salir adelante, de ser alguien en la vida y de superar la provincialidad a la que le condenaba vivir tan lejos de la vibrante Habana.

Quizás para él, al igual que para muchos cubanos, el final de los viejos tiempos advierte la venida de cosas mejores. Todos están a la expectativa de lo que les depara la normalización de las relaciones con los Estados Unidos. Mientras unos escapan apresuradamente de la isla para entrar en los Estados Unidos y gozar del privilegio migratorio que les otorga el estatus de «refugiados del comunismo», otros aguardan pacientemente los cambios. Aún los más leales seguidores del régimen. A Roberto lo conocí en La Habana, donde trabajaba como librero en Casa de las Américas. Era un viejo que aparentaba rondar los 75 años, pero tenía una lucidez envidiable y esa labia tan propia de los cubanos. Había presenciado los momentos más álgidos de la historia reciente de Cuba. Me contó dónde le había encontrado la gloriosa entrada de Fidel Castro a La Habana, ese 1 de enero de 1959. Roberto cuenta que dormía en su casa en el centro de la ciudad cuando su padre lo despertó para decirle que los rebeldes habían llegado y que Batista ya se había ido. Él se vistió con los colores de la guerrilla vencedora, rojo y negro, y marchó en una caravana que recorrió la avenida 10 de Octubre. Al llegar al Capitolio, presenció las últimas escaramuzas entre los rebeldes y los soldados leales a Batista que se negaban a rendirse.

Roberto recuerda aún con nostalgia la simpatía que Fidel Castro inspiraba en casi todos, al menos, «hasta que Fidel les comenzó a pisar los cayos». Hoy ve las cosas con más mesura, aunque se muestra ansioso por lo que él llamó, sin ahondar en los detalles, la falta de determinación de Obama. Aun siendo leal, Roberto espera pacientemente los cambios. Todos, fieles al régimen o no, aguardan el cambio, aunque difieren en cómo se imaginan la Cuba del futuro. Para unos, debe abrirse al mundo, convertirse en una sociedad de mercado y restablecer la democracia pluralista. Para otros, debe preservar lo mejor del comunismo, bajo el cuidado vigilante del Estado.

Lo que está fuera de discusión es que las cosas deben cambiar. Ya pocos aguantan la carencia abrumadora de todo lo que es básico en cualquier rincón del mundo. No por nada, algunos dicen que la mejor comida cubana se consigue en Miami. La dieta alimenticia de la mayoría de los cubanos carece de carne de res (ingrediente principal de la «ropa vieja», uno de los platos típicos de la isla) debido a la escasez histórica de ganado vacuno, agravada por el bloqueo. Las pocas vacas que hoy existen están consagradas a la producción de lácteos, que el gobierno se esmera por poner en la mesa de cada hogar. Cualquier fruto que no pueda producirse en el suelo cubano es casi un lujo. Los establecimientos comerciales siempre parecen vacíos y lúgubres. Nada me resultó tan perturbador como la falta de ánimos del personal. En cada lugar al que acudí, salvo aquellos donde la promesa de una propina en CUC marcaba la diferencia, los empleados trabajaban con desgano, economizando siempre las palabras y las sonrisas, todo ello con un desasosiego contagioso que terminé asimilando al final de mis días en la isla. Es como si la austeridad generalizada les hubiese consumido la simpatía.

Las carencias a veces desafían el propio signo de los tiempos. En un discurso pronunciado en 1960, el Che Guevara comentaba que Cuba, a pesar de las iniquidades de los años de Batista, se vanagloriaba de contar con cuatro o cinco canales de televisión. Irónicamente, más de medio siglo después, Cuba sigue teniendo el mismo número de canales, todos con un contenido más bien modesto y una calidad técnica que desdice de aquellos años en que eran los técnicos cubanos quienes introducían los últimos avances de la televisión en América Latina. Fueron ellos quienes orientaron el establecimiento del sistema de televisión colombiano, inaugurado en 1954.

El destino de Cuba es incierto. Ni siquiera está claro si Fidel está al tanto de todo. Se dice que apenas goza de unas cuantas horas de lucidez al día, aunque sus pocas apariciones públicas parecen demostrar lo contrario. Lo cierto es que todos se alistan para lo que está por venir. Todos sin distinción de sus filiaciones políticas. En el futuro próximo difícilmente una sola voz será la que marque el ritmo de los acontecimientos. Los cubanos de allá, los nacidos en Estados Unidos, serán un interlocutor difícil de ignorar. Las nuevas generaciones no han heredado los odios de sus abuelos. Critican por igual al régimen comunista de la isla y al republicanismo de extrema derecha propio de los primeros emigrados que llegaron acompañando a las huestes de Batista o atemorizados por la revolución de los barbudos. Mientras el liderazgo tradicional de la comunidad cubano-americana en la Florida criticó los avances de Obama respecto a Cuba, los más jóvenes han celebrado la iniciativa y poco les importa si eso se adhiere a la ortodoxia de los viejos.

Como quiera que se den las cosas, sería lamentable que Cuba tuviera que tirar por la borda las conquistas logradas y apenas mantenidas en más de medio siglo después de la revolución: un sistema de salud universal, educación pública y gratuita, vivienda digna y seguridad alimentaria (1). En otras cosas habrá que corregir el rumbo radicalmente. En algunas de ellas, el Estado demostró buena voluntad, pero poca eficiencia. Como comentaba Osmani, otro joven campesino que conocí en Pinar del Río, «Aquí el gobierno piensa las cosas bien, pero mal».

Cualquiera que sea el devenir de Cuba, todas las naciones del Sur Global están llamadas a apoyar a los cubanos, sobre todo, los países de América Latina y el Caribe. Con Cuba tenemos deudas pendientes. Por las misiones médicas que enviaron a cada rincón del planeta, por apoyar las gestas revolucionarias en Angola, el Congo y el Caribe, por haber acogido a los exiliados republicanos que huían del franquismo e incluso por haber sido la cuna de Pedro Romero, el prócer popular de la independencia de Cartagena (2). En este momento no podemos darle la espalda a Cuba.

(1) En 2025, cualquiera de estos beneficios es cosa del pasado. Si acaso existieron alguna vez.

(2) Todo parece indicar que Pedro Romero no era originario de Matanzas (Cuba), como se creyó durante décadas, sino un cartagenero más.

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