THOMAS SANKARA: UN REVOLUCIONARIO

Cuando el capitán Thomas Sankara fue nombrado Secretario de Estado para la Información de la Republica del Alto Volta llegó a su primera reunión manejando una bicicleta. Era 1981. Tenía apenas 31 años y desde ya se proyectaba como un líder de talla nacional, pero de semblante humilde y carismático. Dos años después, y tras una sucesión de gobiernos cortos e inestables, un golpe de estado lo convirtió en presidente. Sin demora, Sankara puso en marcha lo que él llamo “una revolución democrática y popular”, inspirada en los ejemplo de Fidel Castro y el Che Guevara en Cuba y de Jerry Rawlings en Ghana, y por supuesto, en la doctrina de Marx y Lenin, en la cual se había instruido cuando apenas empezaba su carrera militar. Con el Che Guevara solían compararle por su espíritu aguerrido, jovialidad, carisma y rebeldía. Con el tiempo terminó por ser conocido como el “Che Guevara de África”.

Uno de los primeros actos de su revolución fue cambiarle el nombre al país. De la República del Alto Volta, cuyo nombre se deriva de aquel que le habían dado los franceses durante la era de colonización, pasó a llamarse Burkina-Faso, que significa “la tierra del hombre íntegro”.

Las reformas que Sankara adelantó le dieron un giro al país. Construyó miles de viviendas y kilómetros de carreteras y vías férreas que conectaron la nación de punta a punta. Concedió plenitud de derechos a las mujere, y apuntó a varias de ellas en altos cargos oficiales. Fue el primer dirigente africano en dimensionar el peligro del SIDA y tomo medidas rápidas para controlarlo. Construyó escuelas y hospitales por todo el país con el propósito de servir a la población más necesitada. Y en abierto desafío al imperialismo francés, se negó a pagar la deuda externa. Su gobierno fue austero, pero efectivo. Procurando ser un modelo a seguir, se rebajó su salario a un poco más de 400 dólares. Sus posesiones personales se limitaban a un carro sencillo, un par de bicicletas, tres guitarras, una nevera y un refrigerador averiado.  

Pero la premura de su revolución le llevó a cometer excesos en aras de defenderla. Atemorizado por el fantasma de contra-revolucionarios anónimos, persiguió implacablemente a sus opositores y estableció un régimen que admitía pocas críticas. Cerró partidos políticos y sindicatos que no fueran afines a su causa y llevó al cadalso a un puñado de enemigos juzgados con ligereza. Pero fueron sus actos más nobles los que le granjearon sus peores enemigos. El 15 de octubre de 1987, su mano derecha, amigo y compañero de causa, Blaise Campaoré, organizó un golpe de estado en su contra, que por supuesto había sido indirectamente animado por Francia. Thomas Sankara fue asesinado ese día a sus 37 años. Campaoré asumió el mando y desmontó la gesta revolucionaria de su predecesor. Restableció a plenitud las relaciones diplomáticas con sus aliados franceses y se comprometió a pagar la deuda externa. Con el curso de los años echó al traste todos los logros conseguidos. Burkina Faso se convirtió en uno de los países más pobres del mundo.  

Para eliminar todo rastro del legado de Sankara, Campaoré se propuso borrarlo de la historia misma. Hizo destruir toda documentación oficial alusiva a él y quiso arruinar su reputación acusándole de haberse enriquecido durante su mandato. Su casa fue saqueada, y solo quedaron para el recuerdo sus bicicletas, sus guitarras, el refrigerador averiado y la chatarra de su carro.

Una semana antes de morir, Thomas Sankara lanzó una frase premonitoria: “Aunque los revolucionarios como individuos pueden ser asesinados, tú no puedes matar sus ideas”. Sin importar los esfuerzos, el legado de Sankara siguió vivo en el corazón de muchas mujeres y hombres de Burkina Faso. En el 2014, un alzamiento popular masivo, entre cuyos líderes figuraban miembros de partidos que reivindican la doctrina política de Sankara, derrocó a Blaise Campaoré. El 6 de octubre de 2021, Campaoré fue condenado in absentia a prisión de por vida por su participación en el asesinato. Hoy, tras casi 35 años de su partida, el legado de Sankara sigue con vida y todavía sirve de inspiración para quienes luchan por construir una nueva Burkina Faso. 

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